miércoles, 13 de octubre de 2010

ESTEBAN BAUTISTA CASSOT ROJAS


Haciendo sobremesa, conversamos de muchos temas y era siempre interesante escucharte.
Uno de tus temas que compartimos eran las parábolas y entre ellas, tus preferidas eran:
La parábola del hijo pródigo,
La parábola del buen samaritano, pero la más comentada:
La parábola de los talentos:

Mt 25, 14-30
14Es también como un hombre que, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda:
15a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó.
16Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco.
17Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos.
18En cambio el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor.
19Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos.
20Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo:
"Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado."
"¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor."
"Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado."
"¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor."
"Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste.
"Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí;
21Su señor le dijo:
22Llegándose también el de los dos talentos dijo:
23Su señor le dijo:
24Llegándose también el que había recibido un talento dijo:
25Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo."
26Mas su señor le respondió:
27debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses.
28Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos.
29Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.
30Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes."

Hace muchos años, cuando te accidentaste, pediste a Dios, 10 años más de vida, para sostener a tu familia.
Y El, como siempre hace, te dio mucho más de lo que pedías.
30 años te dio, pero no de vida lisa y llana, ni postrado en una cama.
Fue una vida jugada, de entrega incansable, de arduo trabajo, de alegrías y tristezas, desde una silla de ruedas.
Fuiste un siervo bueno y fiel, que no enterró su talento, sino que lo multiplicó 100 veces más.
Entregaste consuelo, apoyo, consejo siempre oportuno y sabiduría a la familia, a los amigos, a los camaradas, a los compañeros de trabajo, de todos te hiciste prójimo.
Nadie puede decir, que pasaste por su lado, diste un rodeo y seguiste de largo, como el levita, sino que lo acogiste y lo atendiste, como el buen samaritano.
Siempre recordaste las palabras de Caín, desafiante: "¿Acaso soy yo el guarda de mi hermano?" y la respuesta de Dios en tu conciencia siempre fue afirmativa.
Hoy, vuelve tu Señor a buscar lo suyo. Tú, siervo fiel, entregas tu vida fértil, lúcida, optimista y generosa en sus manos.
Sabías que Dios te preguntaría solo una cosa para responder por tu vida:
"¿Cuánto has amado?"
Todos los que te conocemos, sabemos la respuesta y confiamos que escucharás de Dios decir:

"¡Bien, siervo bueno y fiel, en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor!"

A un mes de su partida (ARLY)

sábado, 24 de abril de 2010

Matrimonio Araneda Cassot... y se casó la Arly!!!!!!

24 de Abril de 2010, al fin!!!!!!!!!





lunes, 27 de octubre de 2008

Como la vida...

Como las flores, te cierras cuando el sol se ha ido,
pero hoy te abres definitivamente
en toda tu hermosura de alma enamorada de la vida
ante la luz eterna que nos espera.

Como los árboles, anidas nuestros sueños
y refrescas la tierra que sostiene los frutos
de tu lucha y tu sonrisa siempre fresca
a pesar de las agonías.

Como las aves de alas extendidas, abrazas el cielo
y diriges tu vuelo seguro a lo infinito,
porque siempre supiste abandonar la tristeza
y la desesperanza ante los dolores propios y ajenos.

Como el mar y la playa, tienes un modo apasionado
de dialogar con la vida que te devolvió tantas veces a la orilla,
para recuperar fuerzas y abrirte paso nuevamente
en encrespadas olas llenas de amor y fortaleza sublimes.

Como un lucero, dejas inscrito en nuestro corazón
esa inquietud titilante de tu amor por la vida,
haciéndote siempre entrega, consuelo, aliento,
porque de muchas maneras nos dijiste: te quiero.

Como los ríos, por tus venas corre hoy una sangre pura y clara,
fresca y vivificante, que deja atrás un pasado
que ya ni vale la pena recordar, porque siempre caminaste hacia adelante,
tu cauce y el torrente de tus aguas suavizó las piedras
que tanto te hirieron en tu afán por vivir intensamente.

Como a un hijo del Sol eterno te pregunto:
¿qué miras desde allá?, ¿puedes ver nuestros corazones
en comunión con el tuyo, tratando de aprender a palpitar
con la fuerza y la pasión con que tú lo hiciste?,
¿alcanzas a percibir el orgullo de tener parte en tu vida
que nos dejas atesorando en los recuerdos?

Nos lo dirás cuando nos encontremos,
cuando al fin, la unión de nuestras almas sea una realidad eterna,
una promesa infinitamente cumplida,
un regalo que se abre ofreciendo todo el sentido
de nuestro ser que se aventura peregrinando por esta vida.

viernes, 3 de octubre de 2008

LA FIESTOCA DE LA PATY: Clan Cassot





















LA FIESTOCA: Los protagonistas PATY Y JORGE









Matrimonio, Torres Jara


Un día cualquiera se conocieron el profe y la alumna y les dio el Attack por casarse el 27 de Septiembre de 2008. FELICIDADES!!!!!

miércoles, 23 de abril de 2008

DE UNA MUY NOBLE OFICINA QUE ENTRÓ EN GRANDE CONFUSIÓN

De aquello que nos da la Madre Tierra,
¿puede haber algo más sano que una col?
Demandar respuesta tal muy simple fuera,
si no medís con gran mesura la cuestión.

Sobre tabla, rebánase en torrejas
que liberan las hojas del repollo,
métense en un cazo con orejas
y désele hervor breve: un resuello.

Verdura como aquesta se adereza,
a gusto, con vinagre o con limones,
aceite de oliva y sal de gran fineza,
en un cuenco de buenas dimensiones.

Pasto como tal no se ha de hallar,
por fresco, por tierno y por sabroso.
Presto todo y dispuesto a manducar,
¡la gula ha de hacer presa del goloso!

¡Y así cuéntase haber acontecido!
que el diestro cocinero desta historia,
para señas, por Ramón más conocido,
tentose con probar su propia gloria.

Todo bien, si la porción, frugal lo fuere,
que, por más señas, la col es embustera
y aires molestos al estómago metiere,
y regüeldos suelta –ya Sancho lo dijera-.

Sigue bien, si comer col es con mesura,
mas si excédese, Ramón, ya sin medida,
si comiese toda, del cuenco, la pastura,
no ya regüeldos:¡huracán en estampida!

Así cuentan que Ramón fue seducido
por verde ensalada de repollo tierno,
¡Por manada de toros fue embestido
su diafragma, con un hipo del infierno!

Estertores, hipo, y fudre por barriga.
Cinco días expió el vicio de la gula
al punto de tragar sonda que atosiga.
¡La paz!: su guargüero se estrangula.

Maese Ramón, seguid a pan y agua.
A la par de Don Quijote, yo os digo,
“La salud de todo el cuerpo se fragua
en la oficina del estómago”, mi amigo.


MANCHEGO

miércoles, 13 de febrero de 2008

MONSIEUR JEAN WANAULT

Era un francés que fue un buen amigo del abuelo Esteban. Llegó a Chile por la misma época, a comienzos del siglo XX, para instalarse con una pequeña fábrica de camisas a la medida, como era de uso entonces. Y el largo de la prenda, “hasta que tape la flauta”, definía. Su negocio era próspero y alcanzaba con holgura para mantener dignamente a su esposa y a su hija, quienes formaban toda su familia. Era, además, un cotizado pescador deportivo y un fotógrafo excepcional. Mi padre me contaba la historia de este francés desde que yo era muy niño, por lo que yo le admiraba y le quería como al abuelo que no alcancé a conocer.

Cuando estalla la Primera Guerra Mundial, en 1914, Francia hace un llamado a los cuarteles a todos sus hijos. Desde Chile, y sin obligación de conscripción, monsieur Wanault decide que es su deber patriótico acudir al llamado de su país. Se devuelve solo a su tierra, dejando a su familia en Chile. Deja a un socio a cargo de su negocio y, según contrato, con la misión de entregarle mensualmente a su familia lo necesario para sus gastos. Este cabo del Ejército Francés se batió valerosamente en muchas batallas. También, finalmente, desde las célebres trincheras de Verdún, en donde fue herido varias veces, y bombardeado por los aviones alemanes, y acosado por los temibles gases letales que, desafortunadamente, se filtraron por el costado de su mascarilla y le afectaron un ojo. Cuando trataron de recuperarle su visión perdida, una enfermera que debía regular el tiempo de exposición a un tratamiento con rayos, se descuidó y le hizo perder el ojo definitivamente. Le licenciaron, poco antes de terminar el conflicto en 1918, con honores, medallas y cicatrices de guerra.

Cuando regresa a Chile se entera que su socio no se preocupó de dar a su familia el sustento acordado y, además, que éste le había estafado quedándose con su negocio. Su familia, que nunca aprobó su enrolamiento en el Ejército Francés y que sufrió grandes privaciones en su ausencia, no le quiso recibir y le repudió. Desde entonces vivió solo, manteniéndose con una pensión de veterano de guerra que le pagaba el gobierno galo, que era poca, por lo que se ayudaba vendiendo calendarios con fotografías artísticas, que él capturaba con su cámara fotográfica y su talentoso ojo.

Por nuestra casa aparecía frecuentemente monsieur Wanault. Era recibido como un familiar cercano y yo me entretenía mucho con él, hablando en francés y cantando canciones francesas acompañadas con el piano de la biblioteca. En passant par la lorraine, Au clair de la lune, Sur le pont d’Avignon, Alouette, Frère Jaques, Malbrough s’en va t’an gerre, Savez-vous planter des choux, y por supuesto la Marseillaise, eran las canciones que yo aprendía en el Louis Pasteur y que repasábamos al piano con aquel viejo soldado.

Alguna vez, mi madre intentó un acercamiento entre monsieur Wanault y su hija, en la casa de Maipú. No duró mucho el encuentro: bajo el parrón, la hija terminó enrostrándole al padre todos sus rencores y lanzándole a la cara un racimo de uvas. Acto seguido, dio media vuelta y se fue sin despedirse.

Con monsieur Wanault y mi papá salíamos, a veces, de excursión por los alrededores de Maipú a buscar paisajes y temas interesantes para fotografiar. Alamedas, sauzales, plantaciones, animales pastando, atardeceres con nubes, puentes, carretones, carretas con bueyes, todo era digno de observar, según el veterano fotógrafo, y luego elegir el momento para capturar la imagen con arte. Porque eso era para él la fotografía; un arte. Y criticaba a quienes usaban sus cámaras para puros recuerdos familiares, les llamaba “press botón”. Cada uno tenía su cámara y hasta yo tenía una sencilla, una Kodak “de cajón”, como para iniciarme en esta entretenida diversión. Mi papá tenía una estupenda cámara alemana Zeiss Ikon, muy bien equipada, mientras que monsieur Wanault no renunciaba a sus viejos ingenios franceses, con placas y soluciones químicas, que le servían para hacer sus calendarios.

Recuerdo una ocasión en que fuimos al cine los tres a ver una película de guerra, de la Segunda Guerra Mundial, sobre la batalla de Guadalcanal. El cine estaba a media cuadra de la Plaza de Armas de Santiago. En 1949 aún estaban frescos los acontecimientos bélicos del Pacífico y el film era toda una novedad para Chile, que recibía los grandes estrenos mundiales varios años después. Monsieur Wanault quedó ubicado por el centro de la sala, en tanto que mi papá y yo quedamos por la segunda fila. El viejo combatiente estaba conmovido y eufórico con las bélicas escenas de la pantalla. A grandes voces nos hacía comentarios desde su butaca, “¡Eh, Armandó, esa es una grenade de tiempo!”, y arengaba a los soldados, daba ordenes de ataque y, sin atender a quienes le hacían callar, terminó cantando la Marseillaise cuando, al final de la película, los soldados norteamericanos cantaban el Himno de los Marines. Mi papá hundía la cabeza en su asiento y trataba que no nos relacionaran con aquel vehemente y expresivo espectador de acento francés. Salimos del cine marchando y cantando La Madelon, los dos con monsieur Wanault tras mi padre que, amostazado, apuraba el paso y ponía distancia con rumbo a la Plaza.

También solíamos salir de pesca. En una ocasión inolvidable fuimos a la hoy desaparecida Laguna Pudahuel. Estuvimos dos días pescando y cocinando pejerreyes, ahí mismo en la orilla. En la noche nos alojamos en casa de unos pequeños agricultores del lugar.

Es extraño, ahora que pienso en ello, no recuerdo haber visto fotografías de monsieur Wanault en compañía de nuestra familia. Talvez su ojo vacío, que él se empeñaba en no cubrir con nada, le parecía poco estético y evitaba salir retratado. No obstante, como un testimonio permanente de su presencia entre nosotros, permanecía de adorno y en lugar destacado de la casa, una granada de mano de aquellas que se usaban en la guerra del 14. Como es natural, estaba sin su carga explosiva y sin su espoleta. Esta pieza digna de museo se la regaló monsieur Wanault a mi papá. La trajo desde Europa cuando volvió de la guerra y sólo era la carcasa de hierro con el relieve de sus esquirlas cuadradas, aquellas que se convertían en proyectiles con la explosión, destinadas a causar gran daño a los combatientes de las trincheras enemigas, diezmarlos y desalojarlos de sus nidos protectores. En casa, cada cual le asignaba una función distinta. Para mi papá era un apreciado símbolo de la presencia, por demás valiente y gloriosa, del viejo guerrero en el teatro de operaciones de la más grande y cruenta guerra en la historia de la humanidad. Para nosotros era un curioso juguete con el que nos entreteníamos a veces. Para mi mamá era, ora un adorno para su mesita de centro, ora un pequeño florero al que adornaba con siemprevivas. Entonces, sin quererlo, ella lo convertía en un símbolo pacifista que, por cierto, incomodaba mucho a mi papá y lo confrontaba con su formación marcadamente militar. No sé que pasó con aquella granada vacía, pero hoy no está en poder de ninguno de los miembros de la familia. Se perdió, y con ella todo vestigio material que nos recuerde al veterano guerrero de la Batalla de Verdún.

En 1956, en Temuco, monsieur Wanault estuvo tres semanas con nosotros. Yo le acompañé varias veces a pescar en los ríos de la zona, ricos en truchas que pescábamos con cucharas y terribles, dos instrumentos muy efectivos. Nos fue siempre bien en las excursiones de pesca con este viejo francés que pese a sus años, más de 75, y a sus secuelas de la guerra, era un auténtico y porfiado roble. Mi papá, para atenderlo compraba, entre otros bocadillos, berlines a la hora de once y le ofrecía al viejo soldado: “¿se sirve un berlín monsieur Wanault?”. Él le respondía invariablemente, “Berlín yo lo tomo a la bayoneta, Armando”, y declinaba el ofrecimiento. Claro, mi papá ya sabía cual sería la respuesta. La conocía desde niño. Mientras monsieur Wanault permaneció en casa dormía en mi dormitorio y ocupaba la cama de mi hermano Tito, que a su vez, dormía en un sofá-cama que había en el taller textil. El veterano combatiente francés, poco dado a las prácticas religiosas, colgaba su corbata en el brazo extendido que sujetaba el mundo, de nuestro Niño Jesús de Praga. Yo me quejaba a mi papá de esta falta de respeto con las cosas sagradas, pero él me pedía que no dijera nada, que seguramente él lo hacía sin ánimo de ofensa y que, en todo caso, monsieur Wanault era ateo. Fue la última vez que vi a este querido abuelo sustituto. No supimos cuando murió. Años después, mi papá averiguó en el Círculo Francés la fecha de su deceso, le dijeron que la institución se hizo cargo de sepultarlo, sin más presencia que unos pocos socios. De sus escasas cosas personales, su vieja cámara fotográfica, su caña de pescar y sus medallas de la guerra, nadie sabía nada. Triste muerte para un valiente soldado de Francia.

En el sitio http://inmigracionfrancesa.we.bs/ Juan Wanault a parece formando parte de la directiva de la LIGA NACIONAL DE COMBATIENTES DE SANTIAGO 1914-1916.

E.B.C.R.

viernes, 18 de enero de 2008

miércoles, 16 de enero de 2008

DON JUAN ARMANDO CASSOT SEPÚLVEDA

Nació en Los Ángeles, el 18 de Mayo de 1911. En esta ciudad transcurrieron los primeros 14 años de su vida, aunque en algunas temporadas debió permanecer en Chillán, con familiares de la abuela Matilde, cuando ella pasaba por los difíciles trances de las prematuras muertes de sus hijos. Con todo, nuestro padre tuvo una niñez feliz allá en el sur.

Cuando tenía unos 9 años solía pasar, después del colegio, a la zapatería del abuelo. Allí curioseaba y se entretenía conversando con los dos dependientes que atendían el local. Además, participaba de algunas travesuras que éstos hacían en algunas ocasiones, a los vendedores callejeros. Una vez pasaba uno que vendía naranjas y le llamaron para comprarle. “¿Cuantos kilos de naranjas llevas en ese canasto?”, le preguntó un dependiente, mientras el otro permanecía escondido tras el mostrador. “No sé patrón, yo las vendo de a una”, dijo el hombre. “A ver, pásame el canasto para pesarlo y te lo compro entero” le dijo el dependiente. Éste tomó el canasto y, como tratando de tantear su peso, lo subió y bajó cuatro veces tras el mostrador, y luego le ofreció un precio por el total. Como el vendedor de naranjas no aceptara una oferta tan baja, el dependiente le despidió sin comprarle nada. Cuando el naranjero hubo partido, el otro dependiente emergió sonriente detrás del mostrador, con cuatro naranjas en la mano. Nuestro padre se comió una, naturalmente. En otras ocasiones lo hacían también con el vendedor de pan amasado.

Como es propio de los niños, a las edades de 8, 9, o 10 años, éstos suelen jugar en pandillas de barrio. Armando no era la excepción, también tenía su pandilla en Los Ángeles, y entre sus integrantes contaba nada menos que con Bernardo Leighton Guzmán, quién llegara a ser un gran político, diputado, ministro, vicepresidente de la república y hombre de grandes consensos. Por aquellos años infantiles y por quítame ahí esas pajas, una tarde la pandilla se dividió, iniciándose una discusión que pronto derivó en batalla de artillería a peñascazo limpio. Tenía muy mala puntería, sin embargo, con una piedra logró asestarle un golpe en la cabeza al pequeño Bernardo, provocándole un cototo de proporciones. Con los años él recordaría a menudo su hazaña: por más casualidad que destreza, después de todo, le acertó justo a una de las cabezas más famosas de la política chilena. El hecho resultó casi premonitorio de lo que ocurriría muchos años después. En 1976 don Bernardo sería objeto de un atentado en Roma, junto a su esposa Anita, por parte de unos sicarios de la dictadura de Pinochet, resultando ambos gravemente heridos. Don Bernardo recibió un tiro que le atravesó el cráneo desde la frente hacia arriba, causándole un gran daño y poniendo su vida en inminente peligro. Sólo después de largos meses lograría recuperarse milagrosamente. Lo mismo su esposa Anita Fresno.

Cuando ya la familia se había trasladado a Santiago y nuestro padre estudiaba en el Instituto Nacional, contaba otra anécdota. Un alumno, algo distraído, no estaba atendiendo las complicadas explicaciones del profesor de geometría. Como éste se percatara del hecho, de improviso se dirigió hacia él y le preguntó, “señor, dígame ¿qué es la bisectriz de un ángulo?”. El sorprendido alumno aterrizó de golpe y sólo atinó a decir, “no lo sé, señor”. Entonces el maestro le ordenó pasar adelante, ubicarse frente a la clase y le dijo, “señor, separe sus piernas”, el alumno obedeció y el profesor le explicó pausadamente, “sus piernas, señor, están formando el ángulo pedido ¿no es así?”, “si señor”, contestó él. Ahora con voz tonante, el maestro le espetó, “¡lo que le cuelga es la bisectriz!” . De seguro, el distraído no lo olvidó jamás.

Juan Armando era un joven particularmente aplicado y de muy buen rendimiento escolar, disputando siempre los primeros lugares. Lo fue en el Instituto Nacional, en donde cursó parte de sus estudios humanísticos, y luego en el Instituto Superior de Comercio de Santiago, en donde terminó sus estudios y obtuvo el título de Contador General, como su padre.

Terminados sus estudios, a los 18 años, se presentó al llamado del servicio militar, pero fue rechazado en el examen médico de admisión por no dar el peso y la talla suficiente para portar el pesado fusil Máhuser y la mochila de reglamento. Juan Armando medía 1,61 metros y pesaba 49 kilos. El porfiado aspirante insistió en ser aceptado, a lo que el médico terminó por asentir, no obstante los ruegos de nuestra abuela que había interpuesto sus influencias con el facultativo, a quién conocía.

Un año y medio era el período que duraba el servicio militar por aquel tiempo, pero fue alargado a dos años y medio para esa conscripción, debido a la inestabilidad que provocó la caída de la dictadura de Ibáñez en ese año.

Hizo su servicio militar en un regimiento de telecomunicaciones, donde se distinguió por sus habilidades y liderazgo, tal que a su licenciamiento obtuvo el grado de Teniente de Reserva. Siempre le escuchamos decir que su experiencia en el Ejército fue muy gratificante y enriquecedora para él. No cabe duda, en todo caso, que le marcó una ruta y un código moral que él acogería con fidelidad durante toda su vida. Solíamos reprocharle, a veces, que era demasiado milico para sus cosas.

El sueño de Juan Armando era ingresar a la Escuela Militar y abrazar así la carrera de las armas. Según su formación como contador, lo más adecuado le resultaba el Servicio de Intendencia del Ejército. Sin embargo, el intento resultaría frustrado. La estatura mínima era de 1,65 metros y a él le faltaban 4 centímetros. No había excepción posible y se quedó sin ingresar a la Escuela Militar.

Entonces, se decidió por lo que sentía como su segunda vocación: la docencia. Por esos años, no existían profesores especializados en la enseñanza profesional y técnica, que agrupaba a los Institutos Comerciales, Escuelas Industriales y Escuelas Técnicas Femeninas. Para suplir esta carencia, el Ministerio de Educación creó el Instituto Pedagógico Técnico que, bajo su propia dependencia, empezó a formar profesores para algunas de las especialidades deficitarias. Juan Armando, a los 21 años y ya contador, inició sus estudios de pedagogía. Después de cuatro brillantes años, obtuvo su título de Profesor de Estado en Matemáticas y Contabilidad.

Dos décadas más tarde, se crearía la Universidad Técnica del Estado, la que incorporó al Pedagógico Técnico como su Facultad de Educación, validando como propios todos los títulos otorgados hasta entonces.

A los 24 años, Juan Armando se siente tentado otra vez por vestir uniforme. Si no podía ser gris, sería verde: ingresó a la Escuela de Carabineros para dar inicio a su formación policial. Tres años más de estudios y a régimen militar, agregando disciplinas de administración, ya que insistiría en esa área, en la que se sentía más idóneo. Como siempre, se destacó como un brillante aspirante a oficial, ocupó el rango interno de alférez y egresó con distinción y antigüedad. Así, con el grado de subteniente, inició su carrera policial en el Servicio de Administración institucional.

En los tres primeros años sirvió en unidades policiales de Santiago y Rancagua, mientras mantenía, primero una seria relación sentimental con la joven estudiante de educación física de la Universidad de Chile, Luisa Georgina Riveros Rojas, y más tarde con su vecina de enfrente, María Eliana Rojas Bobadilla, con quién se casaría pronto.

Durante su carrera policial, nuestro padre estuvo destacado en Rancagua, cuando era subteniente, y en la Dirección General de Carabineros, con grado de Teniente. En 1946 sería trasladado al Hospital de Carabineros, de reciente creación, y que le tuvo a él como uno de sus fundadores, primer Jefe de Administración, diseñador y organizador de todo el sistema de administración y contabilidad hospitalaria. Allí recibió el grado de Capitán. En 1953 fue trasladado a la Prefectura de Temuco, donde recibió su ascenso al grado de Mayor. En 1957 fue trasladado a la Zona de Carabineros de Concepción, como Mayor de Intendencia, cargo que se caracterizaba por sus gestiones de auditoria administrativa y financiera.

En 1959 solicitó su baja reglamentaria de Carabineros de Chile, por no querer aceptar una injusta calificación en lista dos, oficialmente motivada en una deuda impaga de carácter privado, pero realmente ocasionada por error de un tercero. Tal calificación significaba que se postergaba su ascenso al grado de Comandante, ascendiendo quién le seguía en el escalafón. Primó su dignidad de hombre probo y honesto por sobre su carrera policial: se retiró al cabo de 23 años de servicios con el grado de Mayor de Carabineros.

Desde entonces retomó lo que él consideró siempre como su segunda vocación: la docencia. Sin embargo, ya varios años antes venía ejerciendo parcialmente como profesor de matemáticas, tanto en la propia institución, en el Instituto Superior de Carabineros para la formación de sus jefes superiores, como en los Institutos Superiores de Comercio de Temuco y Concepción. En Marzo de 1959, nuestro padre asume ya por completo su carrera docente como profesor de matemáticas del Instituto Superior de Comercio de Concepción. En 1965 sería nombrado Director del Instituto Comercial de Talcahuano y en 1969, lo sería del Instituto Superior de Comercio de Valparaíso, hasta su jubilación en 1978.

Después de 19 años de casado, en 1960, su primer matrimonio terminó en separación, como inevitable consecuencia de numerosos desencuentros iniciados desde muy temprano.

Nueve años más tarde, el 3 de Abril de 1969, se casaría por segunda vez con la que fuera su novia de antes, doña Luisa Georgina Riveros Rojas, nacida el 13 de Julio de 1913, y estaba separada también de su primer marido. Permanecerían casados por 29 años.

Su muerte, en la ciudad de Viña del Mar, el 26 de Septiembre de 1998, se produce luego de cuatro largos y penosos meses de graves complicaciones cardiacas, renales y pulmonares, todas desatadas por una diabetes que ya se arrastraba por muchos años. Se le mantenía en la UTI del Hospital Naval conectado a un ventilador mecánico, privado de hablar, sedado y en estado ausente. Sus últimos intentos de comunicación fueron algunos papeles escritos dificultosamente y con caracteres poco legibles, en que parece decir: “Tratamiento equivocado. Todos esperan mi muerte, pero estoy vivo”. Sus restos, junto a sus padres, descansan en el mausoleo familiar del Cementerio General de Santiago.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

PASTEL DE MANZANA CASSOT



Entre las historias , mitos y por qué no decirlo, leyendas familiares que más interés despiertan en el conciente colectivo familiar de nuestros más núbiles miembros y también de algún despistado familiar más vetusto, está sin lugar a dudas el origen de la RECETA DEL PASTEL DE MANZANA CASSOT, que llegó desde la natal Francia celosamente guardada dentro de un calcetín viajero.

Algunos dicen que la receta familiar secreta es sólo un mito creado por una tía CASSOT , cuyo nombre me guardaré por cariño, y que copió de una revista ( alemana, por cierto), para dar alguna identidad a la familia cuando ella vivía en Los Ángeles.

Otra vertiente histórica investigatiba nos dice que un antepasado nuestro en Francia murió quemado justo cuando estaba en el proceso de horneado del pastel ataviado de su camisón de dormir preferido, su veracidad aún no ha sido comprobada.

No pocos han sido los CASSOT que, haciendo alarde de sus dotes culinarias y a expensas del sabroso pastel, han usufructuado de graciosos favores de damiselas ávidas de nuevos y dulces sabores.

Fue justamente en una de estas jornadas amatorias en que nuestro primo JJ (usaré solo iniciales para proteger su identidad) invitó a su bulín a una doncella con el pretexto de degustar el mentado PASTEL.

Siendo ya cerca de la media noche y viendo éste que la damisela no cedía a sus requiebros amorosos, en un arranque de desesperación y por que no decirlo de frustración, se comió todo el pastel, lo que le ocasionó una diarrea fenomenal acompañada de una furibunda flatulencia nauseabunda.

El final de esta noche de pasión es de imaginar.......... un rotundo fracaso para JJ (otro más). Lo único claro que salió de esta funesta, ruidosa y maloliente experiencia, fue que JJ, para proteger la receta secreta ante el requerimiento de la dama, ya blanco y desfalleciente por la deshidratación diarreica señala un cuadro de Napoleón colgado en la pared diciendo:
-¿Sabes por qué don Napo tiene la mano dentro de la chaquetilla? La chicuela con seño fruncido responde con otra interrogante diciendo:
-¿Por qué?
Entonces JJ con cara de suficiencia y con gesto burlón le responde:
-Para guardar la receta secreta del PASTEL DE MANZANA CASSOT.

He querido relatar así de forma desordenada, lúdica casi juvenil, la historia de esta tradición culinaria familiar. Que les aproveche.
C.I.S.C. (Para proteger su vida)

martes, 18 de diciembre de 2007

Feliz Cumpleaños Ramón !!!!


Un día 19 de diciembre de 1943 llegó a este mundo don Jorge Ramón Jara Morgan, quien pasó oficialmente a formar parte integrante y activa del clan cassot el 1° de mayo de 1971, al contraer matrimonio con Georgette Cassot, más conocida como Yoya. Se le conoce por sus habilidades para matar cerdos utilizando sólo un fósforo, así como por su capacidad para comer hasta provocarse una hernia al hiato.....pero sobre todo !!! por ser la única persona que ha sido capaz de aceptar y comprender la relación fatal que mantiene la yoya con la escoba, el plumero y en general cualquier utencilio que tenga como propósito el aseo y ornato.
Feliz cumpleaños Ramón !!!
Un gesto de amor y agradecimiento de sus hijos Jorge y Pati.
Autor del video: Pati

lunes, 17 de diciembre de 2007

DOS BOHEMIOS BISOÑOS




Regístrese en los anales de la familia, la anécdota de los -a la sazón- muy jóvenes hermanos Salas Cassot, de la rama coronelina. Este par solía dejarse caer, más o menos frecuentemente, por las agitadas francachelas nocturnas de la comarca.

Con un padre asaz severo y restrictivo, no contaban con el debido permiso para sus escapadas clandestinas. ¡Y vaya si lo eran!: para salir de casa sin ser advertidos por su estricto padre, esperaban a que éste se durmiera profundamente. Sólo entonces ponían en marcha su operación de escape. Bajaban desde el segundo piso, descalzos y en pijamas, sigilosamente, por la crujiente escalera de su casa, entraban con movimientos felinos hasta el baño, cerraban cuidadosamente la puerta y, mudándose su ropa de dormir por la tenida de moda, peinando y acicalando sus porfiadas cabelleras, quedaban prestos para la farra de la ocasión.

Sin llave para abrir la puerta de calle a la vuelta, porque su padre no autorizaba que se les diera aún, según estimaba, por su incipiente juventud, abrían la ventana del baño que daba a la calle, apagaban la luz, y se descolgaban como ágiles simios hasta el suelo. Dejando apenas junta la ventana, partía el par de noctámbulos a dar rienda suelta a sus desaforados hábitos de juerga.

Una noche aciaga e infortunada se les cruzó a este par de granujas. Entonces, y sin que ellos lo sospecharan siquiera, ¡se develó el secreto de sus fugas! Poco antes de la madrugada, llegaron alegres y achispados como siempre, y se aprestaron a repetir la maniobra de ingreso por la ventana, de retorno a sus cálidas camas que les esperaban para reponerse de la proverbial curda nocturna. Pero, ¡la luz del baño estaba encendida! A media voz, susurrantes, ambos se recriminaban por haber olvidado ese importante detalle, y se culpaban mutuamente. Iniciaron la escalada. El más liviano, alzado por su hermano y compinche de gamberradas, abrió sigilosamente la hoja de la ventana, asomó su cabeza y, ¡Oh sorpresa!, desde abajo, sentado en el excusado, con el esfínter repentinamente contraído por el alerta emergente, con la cara descompuesta y los ojos desorbitados, estaba su sorprendido progenitor, agarrado de sus caídos pantalones, contemplando el rostro del presunto intruso. ¡Pillados!

El asombrado padre, dio en suspender abruptamente su relajada y aliviadora función de evacuación, necesidad que le aconteciera tan extemporáneamente a esa hora… ¡y justo esa noche! Luego de abrirles la puerta de calle, para que ingresaran con más dignidad a casa, les interrogó severamente. ¿Cuánto tiempo hace que están haciendo esto?, les espetó con voz tonante: dos años, fue la débil respuesta de los abochornados gamberros. ¡Dos años! El padre, entonces, cayó en la cuenta de que ya no ejercía tutelaje sobre inocentes e ingenuos imberbes: sus angelicales potrillos ¡se habían convertido en alzados potros sin corral! Asignó los castigos que estimó necesarios, por el engaño reiterado, asumió que sus esfuerzos paternales ya estaban excedidos de rigor, y aceptó entregarles llave de la casa al par de tunantes que, con todo, ¡se salieron con la suya… una vez más!
E.B.C.R.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Todo comenzó en Agen (III parte)



EL MATRIMONIO CASSOT SEPÚLVEDA

Monsieur Etienne Baptiste Cassot Valadier y doña Matilde Sepúlveda Sepúlveda se casaron el 27 de agosto de 1910, en la ciudad de Los Ángeles. Él tenía 26 años de edad y la abuela 29.

La abuela Matilde tenía, en la composición de su sangre, el factor RH negativo. Como es sabido, esta deficiencia biológica produce después del primer parto, dificultad de permanecer con vida para una criatura recién nacida. Hoy día es una contingencia médica de poca envergadura. En aquel tiempo era insoluble y los niños nacidos después del primero, que lograban superar las primeras horas posteriores al parto, eran extremadamente pocos. Así, este matrimonio vio nacer con alegría a Juan Armando Cassot Sepúlveda, en Los Ángeles, el 18 de Mayo de 1911. Sus nombres estaban ya señalados por una antigua tradición familiar, traída desde Francia por el abuelo Etienne Baptiste: El hijo hombre mayor debía llamarse como su abuelo: Jean Armand en este caso, y por primera vez ambos nombres serían en castellano, inaugurando el ciclo chileno de esta tradición que no sabemos cuando comenzó. En los años siguientes verían partir a sus hijos, uno a uno, con gran desconsuelo. Tres o cuatro fueron los alumbramientos fallidos.

Los Cassot Sepúlveda vivieron en la ciudad de Los Ángeles hasta 1925. Durante el tiempo que permanecieron allí distintas suertes cayeron sobre esta familia. El nacimiento de Juan Armando les trajo alegría pero la muerte de la bisabuela Eduvijes, el 12 de Octubre de 1911, a los 71 años de edad, y los sucesivos fallecimientos de los otros hijos recién nacidos, sumados a la irregular situación de los negocios del abuelo que finalmente acabaría en la quiebra, les trajo grandes penas y les obligó a buscar mejor fortuna en Santiago, instalándose en la casa de Bascuñan Guerrero Nº293.

En la capital, el abuelo encontró la ayuda de los Halçartegaray, familia vascofrancesa que se dedicaba al rubro de la curtiembre de cueros para calzados. Se incorporó a esta empresa como contador y alcanzó, con los años, gran éxito profesional y prosperidad económica. Entonces adquirió una propiedad en la localidad de Maipú, pueblo casi rural, a pocos kilómetros del centro de Santiago y cercano a su lugar de trabajo, por el sector industrial de Los Cerrillos. También adquirió un automóvil americano de lujo, marca Nash, 1930 que le conducía un chofer. Estos y otros bienes le proporcionaron a la familia un buen vivir. De espíritu afable, este pequeño núcleo familiar, casi sin lazos de parentesco, se rodeó pronto de un buen círculo de amistades provenientes de Santiago y del mismo Maipú.

En esos años el abuelo tenía una activa vida social, acorde con las costumbres de los altos funcionarios de empresas. Asistía habitualmente a la ópera y a los conciertos sinfónicos, para los que le reservaban los abonos de las temporadas del Teatro Municipal. Normalmente asistía acompañado de nuestro padre, porque a la abuela no le entretenía mucho esta práctica cultural. También, el abuelo era socio muy activo del Círculo Francés de Santiago, en donde solía compartir con sus compatriotas gabachos. Allí conoció a monsieur Vanault, un francés que llegó a ser casi parte de nuestra familia después de la muerte del abuelo. Se ha sabido, además, que Esteban Cassot Valadier era el socio número 453 del Centro Vasco de Santiago y su ingreso, el 3 de Septiembre de 1932, fue patrocinado por F. Halçartegaray y J. Teillery, en una afiliación que aún no nos explicamos. Talvez lo haga la previa residencia del abuelo en Saint Palais, del País Vasco francés, donde adquirió cierto sentimiento de arraigo antes de embarcarse rumbo a Chile. Lo explicaría mejor, ciertamente, un hipotético origen vasco de alguno de los apellidos de nuestro abuelo, pero no sabemos ni remotamente que así sea.

La empresa de curtiembres de los Halçartegaray progresó también por esos años abriendo, en 1928, una fábrica complementaria de calzados conocida hasta hoy como Fábrica de Calzados Guante. El abuelo trabajó como contador de estas empresas hasta un par de años antes de su muerte, entonces debió renunciar debido a su precario estado de salud, deteriorado por una severa afección cardiaca que pronto se lo llevó.

En estos dos últimos años de vida del abuelo, la pequeña fortuna familiar se consumiría entre los tratamientos y cuidados del enfermo y las necesidades de subsistencia de la familia. Primero se vendió el auto y, al poco tiempo, se vendió la casa. Juan Armando, el único hijo del matrimonio, teniente de Carabineros y casado recientemente con doña María Eliana Rojas Bobadilla, se llevó a sus padres a vivir con él en casa de nuestra tía abuela, doña Dominga Bobadilla, quién los acogió a todos en su amplia propiedad.

A los pocos meses murió el abuelo Esteban, el 19 de Noviembre de 1941, 8 años antes que lo hiciera la abuela Matilde.
E.B.C.R.

Todo comenzó en Agen (II parte)


DOÑA MATILDE SEPÚLVEDA SEPÚLVEDA

Matilde, había llegado al mundo como hija natural, nacida de doña Eduvijes Sepúlveda Reytt, de 41 años de edad a la fecha del alumbramiento. Eduvijes era hija de don Bartolomé Sepúlveda y de doña Dolores Reytt, nacidos talvez en la década de 1820, una familia honorable que no le permitió, a esta hija madura, permanecer en el seno familiar con el estigma de parir en estado de soltería. Eran tiempos muy severos.

Doña Eduvijes Sepúlveda Reytt debió abandonar el hogar paterno en Chillán o Angol, (no es seguro), y buscar protección en casa de familiares o amigos más comprensivos. Así llegó a Los Ángeles para dar a luz a Matilde, el 15 de Marzo de 1881.
El padre, que no reconoció legalmente a su hija, era un Coronel del Ejército de Chile que estaba destinado a un regimiento acantonado en la ciudad de Angol. Este bisabuelo era de directo origen alemán.

El largo romance que la bisabuela Eduvijes mantuvo con este oficial de prusiano talante, duró varios años y prometía convertirse en matrimonio, de no ser porque el hombre estaba separado de su primera esposa, pero impedido por la ley para contraer segundas nupcias. Tampoco era cuestión de llegar y convivir en esos días: no se los permitía, a ambos, la moral social y, menos a él, la disciplina militar. Las promesas de amor legal, pues, quedaron rotas y sacrificadas en nombre de su carrera de soldado de la patria. La criatura, en consecuencia, quedó privada de llevar el apellido paterno.

En las anotaciones oficiales que obran en el Registro Civil, figura nuestra abuela Matilde como hija de don Anacleto Sepúlveda y doña Eduvijes Sepúlveda, soltera, nacida aproximadamente en 1840, ya que tenía 71 años de edad a su muerte, el 12 de Octubre de 1911.

La bisabuela Eduvijes crió a la abuela Matilde como a una señorita de su tiempo. Educada para ser una buena esposa, con cultura, y habilidosa en la confección de laboriosos tejidos y bordados que aplicaba al vestuario, la mantelería y otras delicadas manualidades, administradora exigente de la economía doméstica, conocedora de los protocolos y reglas de urbanidad y de la fina gastronomía. Todo ese bagaje le llevó luego a formar parte del cuerpo de profesoras de un colegio técnico femenino, en donde se formaban las señoritas de la clase media de la época.

Un historiador residente en la ciudad de Los Ángeles le contó a nuestro padre, que una Sociedad Mutual de la ciudad le encargó a la abuela Matilde la confección de su primer estandarte. La pieza, que data de la primera década del siglo veinte, es una fina seda, rica y laboriosamente bordada con hilos dorados y que, después de más de noventa años, aún se conserva expuesta en un salón del local institucional.

Matilde conoció, a fines de 1909, al francés monsieur Etienne Baptiste Cassot Valadier, con quién se casaría más tarde, manteniendo un matrimonio de largos 31 años, hasta la muerte del abuelo.

Ella sobrevivió a su esposo y, finalmente, murió en Santiago, el 29 de Enero de 1950, cuando tenía 68 años de edad. Sus restos descansan, junto al abuelo Esteban, en el mausoleo familiar del Cementerio General de Santiago.
E.B.C.R. (Editado)

sábado, 1 de diciembre de 2007

viernes, 30 de noviembre de 2007

Todo comenzó en Agen (I parte)




MONSIEUR ETIENNE BAPTISTE CASSOT VALADIER

En Mayo de 1909, un barco trajo desde Francia hasta Valparaíso a Etienne Baptiste Cassot Valadier, un contador de 25 años de edad que venía desde el País Vasco francés. Allí residió por razones de trabajo, en la villa de Saint Palais, desde que dejó a su familia en Agen, su ciudad natal, en el departamento de Lot et Garonne, región de Aquitaine.

Etienne Baptiste fue inscrito ante el oficial civil Pierre Castet de la Ville d‘Agen el 27 de Octubre de 1883, presentado por su padre Armand Cassot, zapatero, de 37 años de edad, quién declara que la criatura había nacido el día anterior, el 26 de Octubre de 1883 de su esposa Marceline Valadier, dueña de casa, de 35 años de edad, en su domicilio de la rue Camille Desmoulins Nº44, de la misma villa.

Monsieur Jean Armand Cassot, su padre, nacido en 1856, era un agricultor que trabajaba algunas tierras de su propiedad en las cercanías de Agen. Luego de sufrir cierta enfermedad que le mantenía postrado en su cama, casi paralítico, un día murió trágicamente quemado en un incendio. Era de noche y le habían llevado al excusado, una caseta de madera separada de la casa. Le dejaron instalado allí para que hiciera sus necesidades, alumbrado con una vela encendida. Él, según se presume, debió moverse acercando su camisón de dormir hasta la vela que ardía, iniciando el incendio de la caseta donde se quemó tan gravemente que le sacaron de allí ya fallecido. Para quienes somos sus descendientes nos decepciona un poco este triste final del bisabuelo francés.

De las andanzas del abuelo por su tierra natal tampoco se sabe mucho. Sólo que estudió Contabilidad y se convirtió en un joven y muy competente contador. También sabemos que allá fue desde temprano un adolescente culto, buen lector, gran amante de la música seria y apasionado de la lírica. Y que fue un deportista amateur que practicaba con gran rigor el ciclismo, llegando a participar en un torneo nacional, paralelo al famoso Tour de France que parte en 1903. Buen católico, fue gran devoto de la Virgen de Lourdes a cuyo santuario peregrinaba todos los años mientras permaneció en Francia. Esta devoción se la inculcaría a todos los suyos en Chile. Una imagen de la Virgen de Lourdes permanece en un pequeño altar del mausoleo de nuestra familia, en el Cementerio General de Santiago, velando los restos de nuestros difuntos.

Desembarcó, pues, en el muelle de Pancho este francés que venía a trabajar en el puerto, en las oficinas de una compañía de comercio internacional que le había contratado y traído desde su patria. En Valparaíso permaneció algunos meses pero luego fue trasladado a la sureña ciudad de Los Ángeles, por entonces una localidad de mucha actividad agrícola, en donde la Compañía aquella había instalado un depósito del rubro agrario y al que puso a cargo de este joven contador.

Por esos años conoció a doña Matilde Sepúlveda Sepúlveda, profesora de un colegio de señoritas y con la que se casaría algún tiempo después, dando origen al núcleo paterno de la familia que nos cobija.

Después de pocos años, Etienne Baptiste se independizó y se instaló con una zapatería propia en el centro de la ciudad, en la esquina de las calles Colón y Rengo, convirtiéndose en un incipiente comerciante. Más tarde, probando mejor suerte asumió como contador de una empresa de curtiembre y calzados en Santiago, donde prosperó y terminó su carrera.

Una enfermedad cardiaca, de mal pronóstico en ese tiempo, lo abatiría el 19 de Noviembre de 1941, cuando tenía 58 años, dos meses antes que naciera su esperado primer nieto.
E.B.C.R. (Editado)

jueves, 29 de noviembre de 2007

Clan Cassot

Aquí está al árbol genealógico hasta la antepenúltima generación. Desde los cuarentones en adelante, es nueva tarea a desarrollar:
HACER CLIK EN LA IMAGEN PARA VERLA EN TAMAÑO ORIGINAL

miércoles, 28 de noviembre de 2007

El Héroe de la familia



Claudio, rayando la papa en su época estudiantil con las historietas del héroe nacional Super Cifuentes, cual Quijote que hace un mundo de su imaginación, se convirtió en el temido héroe de protesta de saludeconomíaeducaciónviviendaetc, y nadie se salva, aquí le vemos en su mejor momento... le acaban de multar por no pago de impuesto que da derecho a volar libremente por cielos chilenos.