
Regístrese en los anales de la familia, la anécdota de los -a la sazón- muy jóvenes hermanos Salas Cassot, de la rama coronelina. Este par solía dejarse caer, más o menos frecuentemente, por las agitadas francachelas nocturnas de la comarca.
Con un padre asaz severo y restrictivo, no contaban con el debido permiso para sus escapadas clandestinas. ¡Y vaya si lo eran!: para salir de casa sin ser advertidos por su estricto padre, esperaban a que éste se durmiera profundamente. Sólo entonces ponían en marcha su operación de escape. Bajaban desde el segundo piso, descalzos y en pijamas, sigilosamente, por la crujiente escalera de su casa, entraban con movimientos felinos hasta el baño, cerraban cuidadosamente la puerta y, mudándose su ropa de dormir por la tenida de moda, peinando y acicalando sus porfiadas cabelleras, quedaban prestos para la farra de la ocasión.
Sin llave para abrir la puerta de calle a la vuelta, porque su padre no autorizaba que se les diera aún, según estimaba, por su incipiente juventud, abrían la ventana del baño que daba a la calle, apagaban la luz, y se descolgaban como ágiles simios hasta el suelo. Dejando apenas junta la ventana, partía el par de noctámbulos a dar rienda suelta a sus desaforados hábitos de juerga.
Una noche aciaga e infortunada se les cruzó a este par de granujas. Entonces, y sin que ellos lo sospecharan siquiera, ¡se develó el secreto de sus fugas! Poco antes de la madrugada, llegaron alegres y achispados como siempre, y se aprestaron a repetir la maniobra de ingreso por la ventana, de retorno a sus cálidas camas que les esperaban para reponerse de la proverbial curda nocturna. Pero, ¡la luz del baño estaba encendida! A media voz, susurrantes, ambos se recriminaban por haber olvidado ese importante detalle, y se culpaban mutuamente. Iniciaron la escalada. El más liviano, alzado por su hermano y compinche de gamberradas, abrió sigilosamente la hoja de la ventana, asomó su cabeza y, ¡Oh sorpresa!, desde abajo, sentado en el excusado, con el esfínter repentinamente contraído por el alerta emergente, con la cara descompuesta y los ojos desorbitados, estaba su sorprendido progenitor, agarrado de sus caídos pantalones, contemplando el rostro del presunto intruso. ¡Pillados!
El asombrado padre, dio en suspender abruptamente su relajada y aliviadora función de evacuación, necesidad que le aconteciera tan extemporáneamente a esa hora… ¡y justo esa noche! Luego de abrirles la puerta de calle, para que ingresaran con más dignidad a casa, les interrogó severamente. ¿Cuánto tiempo hace que están haciendo esto?, les espetó con voz tonante: dos años, fue la débil respuesta de los abochornados gamberros. ¡Dos años! El padre, entonces, cayó en la cuenta de que ya no ejercía tutelaje sobre inocentes e ingenuos imberbes: sus angelicales potrillos ¡se habían convertido en alzados potros sin corral! Asignó los castigos que estimó necesarios, por el engaño reiterado, asumió que sus esfuerzos paternales ya estaban excedidos de rigor, y aceptó entregarles llave de la casa al par de tunantes que, con todo, ¡se salieron con la suya… una vez más!
E.B.C.R.