miércoles, 23 de abril de 2008

DE UNA MUY NOBLE OFICINA QUE ENTRÓ EN GRANDE CONFUSIÓN

De aquello que nos da la Madre Tierra,
¿puede haber algo más sano que una col?
Demandar respuesta tal muy simple fuera,
si no medís con gran mesura la cuestión.

Sobre tabla, rebánase en torrejas
que liberan las hojas del repollo,
métense en un cazo con orejas
y désele hervor breve: un resuello.

Verdura como aquesta se adereza,
a gusto, con vinagre o con limones,
aceite de oliva y sal de gran fineza,
en un cuenco de buenas dimensiones.

Pasto como tal no se ha de hallar,
por fresco, por tierno y por sabroso.
Presto todo y dispuesto a manducar,
¡la gula ha de hacer presa del goloso!

¡Y así cuéntase haber acontecido!
que el diestro cocinero desta historia,
para señas, por Ramón más conocido,
tentose con probar su propia gloria.

Todo bien, si la porción, frugal lo fuere,
que, por más señas, la col es embustera
y aires molestos al estómago metiere,
y regüeldos suelta –ya Sancho lo dijera-.

Sigue bien, si comer col es con mesura,
mas si excédese, Ramón, ya sin medida,
si comiese toda, del cuenco, la pastura,
no ya regüeldos:¡huracán en estampida!

Así cuentan que Ramón fue seducido
por verde ensalada de repollo tierno,
¡Por manada de toros fue embestido
su diafragma, con un hipo del infierno!

Estertores, hipo, y fudre por barriga.
Cinco días expió el vicio de la gula
al punto de tragar sonda que atosiga.
¡La paz!: su guargüero se estrangula.

Maese Ramón, seguid a pan y agua.
A la par de Don Quijote, yo os digo,
“La salud de todo el cuerpo se fragua
en la oficina del estómago”, mi amigo.


MANCHEGO