Era un francés que fue un buen amigo del abuelo Esteban. Llegó a Chile por la misma época, a comienzos del siglo XX, para instalarse con una pequeña fábrica de camisas a la medida, como era de uso entonces. Y el largo de la prenda, “hasta que tape la flauta”, definía. Su negocio era próspero y alcanzaba con holgura para mantener dignamente a su esposa y a su hija, quienes formaban toda su familia. Era, además, un cotizado pescador deportivo y un fotógrafo excepcional. Mi padre me contaba la historia de este francés desde que yo era muy niño, por lo que yo le admiraba y le quería como al abuelo que no alcancé a conocer.Cuando estalla la Primera Guerra Mundial, en 1914, Francia hace un llamado a los cuarteles a todos sus hijos. Desde Chile, y sin obligación de conscripción, monsieur Wanault decide que es su deber patriótico acudir al llamado de su país. Se devuelve solo a su tierra, dejando a su familia en Chile. Deja a un socio a cargo de su negocio y, según contrato, con la misión de entregarle mensualmente a su familia lo necesario para sus gastos. Este cabo del Ejército Francés se batió valerosamente en muchas batallas. También, finalmente, desde las célebres trincheras de Verdún, en donde fue herido varias veces, y bombardeado por los aviones alemanes, y acosado por los temibles gases letales que, desafortunadamente, se filtraron por el costado de su mascarilla y le afectaron un ojo. Cuando trataron de recuperarle su visión perdida, una enfermera que debía regular el tiempo de exposición a un tratamiento con rayos, se descuidó y le hizo perder el ojo definitivamente. Le licenciaron, poco antes de terminar el conflicto en 1918, con honores, medallas y cicatrices de guerra.
Cuando regresa a Chile se entera que su socio no se preocupó de dar a su familia el sustento acordado y, además, que éste le había estafado quedándose con su negocio. Su familia, que nunca aprobó su enrolamiento en el Ejército Francés y que sufrió grandes privaciones en su ausencia, no le quiso recibir y le repudió. Desde entonces vivió solo, manteniéndose con una pensión de veterano de guerra que le pagaba el gobierno galo, que era poca, por lo que se ayudaba vendiendo calendarios con fotografías artísticas, que él capturaba con su cámara fotográfica y su talentoso ojo.
Por nuestra casa aparecía frecuentemente monsieur Wanault. Era recibido como un familiar cercano y yo me entretenía mucho con él, hablando en francés y cantando canciones francesas acompañadas con el piano de la biblioteca. En passant par la lorraine, Au clair de la lune, Sur le pont d’Avignon, Alouette, Frère Jaques, Malbrough s’en va t’an gerre, Savez-vous planter des choux, y por supuesto la Marseillaise, eran las canciones que yo aprendía en el Louis Pasteur y que repasábamos al piano con aquel viejo soldado.
Alguna vez, mi madre intentó un acercamiento entre monsieur Wanault y su hija, en la casa de Maipú. No duró mucho el encuentro: bajo el parrón, la hija terminó enrostrándole al padre todos sus rencores y lanzándole a la cara un racimo de uvas. Acto seguido, dio media vuelta y se fue sin despedirse.
Con monsieur Wanault y mi papá salíamos, a veces, de excursión por los alrededores de Maipú a buscar paisajes y temas interesantes para fotografiar. Alamedas, sauzales, plantaciones, animales pastando, atardeceres con nubes, puentes, carretones, carretas con bueyes, todo era digno de observar, según el veterano fotógrafo, y luego elegir el momento para capturar la imagen con arte. Porque eso era para él la fotografía; un arte. Y criticaba a quienes usaban sus cámaras para puros recuerdos familiares, les llamaba “press botón”. Cada uno tenía su cámara y hasta yo tenía una sencilla, una Kodak “de cajón”, como para iniciarme en esta entretenida diversión. Mi papá tenía una estupenda cámara alemana Zeiss Ikon, muy bien equipada, mientras que monsieur Wanault no renunciaba a sus viejos ingenios franceses, con placas y soluciones químicas, que le servían para hacer sus calendarios.
Recuerdo una ocasión en que fuimos al cine los tres a ver una película de guerra, de la Segunda Guerra Mundial, sobre la batalla de Guadalcanal. El cine estaba a media cuadra de la Plaza de Armas de Santiago. En 1949 aún estaban frescos los acontecimientos bélicos del Pacífico y el film era toda una novedad para Chile, que recibía los grandes estrenos mundiales varios años después. Monsieur Wanault quedó ubicado por el centro de la sala, en tanto que mi papá y yo quedamos por la segunda fila. El viejo combatiente estaba conmovido y eufórico con las bélicas escenas de la pantalla. A grandes voces nos hacía comentarios desde su butaca, “¡Eh, Armandó, esa es una grenade de tiempo!”, y arengaba a los soldados, daba ordenes de ataque y, sin atender a quienes le hacían callar, terminó cantando la Marseillaise cuando, al final de la película, los soldados norteamericanos cantaban el Himno de los Marines. Mi papá hundía la cabeza en su asiento y trataba que no nos relacionaran con aquel vehemente y expresivo espectador de acento francés. Salimos del cine marchando y cantando La Madelon, los dos con monsieur Wanault tras mi padre que, amostazado, apuraba el paso y ponía distancia con rumbo a la Plaza.
También solíamos salir de pesca. En una ocasión inolvidable fuimos a la hoy desaparecida Laguna Pudahuel. Estuvimos dos días pescando y cocinando pejerreyes, ahí mismo en la orilla. En la noche nos alojamos en casa de unos pequeños agricultores del lugar.
Es extraño, ahora que pienso en ello, no recuerdo haber visto fotografías de monsieur Wanault en compañía de nuestra familia. Talvez su ojo vacío, que él se empeñaba en no cubrir con nada, le parecía poco estético y evitaba salir retratado. No obstante, como un testimonio permanente de su presencia entre nosotros, permanecía de adorno y en lugar destacado de la casa, una granada de mano de aquellas que se usaban en la guerra del 14. Como es natural, estaba sin su carga explosiva y sin su espoleta. Esta pieza digna de museo se la regaló monsieur Wanault a mi papá. La trajo desde Europa cuando volvió de la guerra y sólo era la carcasa de hierro con el relieve de sus esquirlas cuadradas, aquellas que se convertían en proyectiles con la explosión, destinadas a causar gran daño a los combatientes de las trincheras enemigas, diezmarlos y desalojarlos de sus nidos protectores. En casa, cada cual le asignaba una función distinta. Para mi papá era un apreciado símbolo de la presencia, por demás valiente y gloriosa, del viejo guerrero en el teatro de operaciones de la más grande y cruenta guerra en la historia de la humanidad. Para nosotros era un curioso juguete con el que nos entreteníamos a veces. Para mi mamá era, ora un adorno para su mesita de centro, ora un pequeño florero al que adornaba con siemprevivas. Entonces, sin quererlo, ella lo convertía en un símbolo pacifista que, por cierto, incomodaba mucho a mi papá y lo confrontaba con su formación marcadamente militar. No sé que pasó con aquella granada vacía, pero hoy no está en poder de ninguno de los miembros de la familia. Se perdió, y con ella todo vestigio material que nos recuerde al veterano guerrero de la Batalla de Verdún.
En 1956, en Temuco, monsieur Wanault estuvo tres semanas con nosotros. Yo le acompañé varias veces a pescar en los ríos de la zona, ricos en truchas que pescábamos con cucharas y terribles, dos instrumentos muy efectivos. Nos fue siempre bien en las excursiones de pesca con este viejo francés que pese a sus años, más de 75, y a sus secuelas de la guerra, era un auténtico y porfiado roble. Mi papá, para atenderlo compraba, entre otros bocadillos, berlines a la hora de once y le ofrecía al viejo soldado: “¿se sirve un berlín monsieur Wanault?”. Él le respondía invariablemente, “Berlín yo lo tomo a la bayoneta, Armando”, y declinaba el ofrecimiento. Claro, mi papá ya sabía cual sería la respuesta. La conocía desde niño. Mientras monsieur Wanault permaneció en casa dormía en mi dormitorio y ocupaba la cama de mi hermano Tito, que a su vez, dormía en un sofá-cama que había en el taller textil. El veterano combatiente francés, poco dado a las prácticas religiosas, colgaba su corbata en el brazo extendido que sujetaba el mundo, de nuestro Niño Jesús de Praga. Yo me quejaba a mi papá de esta falta de respeto con las cosas sagradas, pero él me pedía que no dijera nada, que seguramente él lo hacía sin ánimo de ofensa y que, en todo caso, monsieur Wanault era ateo. Fue la última vez que vi a este querido abuelo sustituto. No supimos cuando murió. Años después, mi papá averiguó en el Círculo Francés la fecha de su deceso, le dijeron que la institución se hizo cargo de sepultarlo, sin más presencia que unos pocos socios. De sus escasas cosas personales, su vieja cámara fotográfica, su caña de pescar y sus medallas de la guerra, nadie sabía nada. Triste muerte para un valiente soldado de Francia.
En el sitio http://inmigracionfrancesa.we.bs/ Juan Wanault a parece formando parte de la directiva de la LIGA NACIONAL DE COMBATIENTES DE SANTIAGO 1914-1916.
E.B.C.R.