
Nació en Los Ángeles, el 18 de Mayo de 1911. En esta ciudad transcurrieron los primeros 14 años de su vida, aunque en algunas temporadas debió permanecer en Chillán, con familiares de la abuela Matilde, cuando ella pasaba por los difíciles trances de las prematuras muertes de sus hijos. Con todo, nuestro padre tuvo una niñez feliz allá en el sur.
Cuando tenía unos 9 años solía pasar, después del colegio, a la zapatería del abuelo. Allí curioseaba y se entretenía conversando con los dos dependientes que atendían el local. Además, participaba de algunas travesuras que éstos hacían en algunas ocasiones, a los vendedores callejeros. Una vez pasaba uno que vendía naranjas y le llamaron para comprarle. “¿Cuantos kilos de naranjas llevas en ese canasto?”, le preguntó un dependiente, mientras el otro permanecía escondido tras el mostrador. “No sé patrón, yo las vendo de a una”, dijo el hombre. “A ver, pásame el canasto para pesarlo y te lo compro entero” le dijo el dependiente. Éste tomó el canasto y, como tratando de tantear su peso, lo subió y bajó cuatro veces tras el mostrador, y luego le ofreció un precio por el total. Como el vendedor de naranjas no aceptara una oferta tan baja, el dependiente le despidió sin comprarle nada. Cuando el naranjero hubo partido, el otro dependiente emergió sonriente detrás del mostrador, con cuatro naranjas en la mano. Nuestro padre se comió una, naturalmente. En otras ocasiones lo hacían también con el vendedor de pan amasado.
Como es propio de los niños, a las edades de 8, 9, o 10 años, éstos suelen jugar en pandillas de barrio. Armando no era la excepción, también tenía su pandilla en Los Ángeles, y entre sus integrantes contaba nada menos que con Bernardo Leighton Guzmán, quién llegara a ser un gran político, diputado, ministro, vicepresidente de la república y hombre de grandes consensos. Por aquellos años infantiles y por quítame ahí esas pajas, una tarde la pandilla se dividió, iniciándose una discusión que pronto derivó en batalla de artillería a peñascazo limpio. Tenía muy mala puntería, sin embargo, con una piedra logró asestarle un golpe en la cabeza al pequeño Bernardo, provocándole un cototo de proporciones. Con los años él recordaría a menudo su hazaña: por más casualidad que destreza, después de todo, le acertó justo a una de las cabezas más famosas de la política chilena. El hecho resultó casi premonitorio de lo que ocurriría muchos años después. En 1976 don Bernardo sería objeto de un atentado en Roma, junto a su esposa Anita, por parte de unos sicarios de la dictadura de Pinochet, resultando ambos gravemente heridos. Don Bernardo recibió un tiro que le atravesó el cráneo desde la frente hacia arriba, causándole un gran daño y poniendo su vida en inminente peligro. Sólo después de largos meses lograría recuperarse milagrosamente. Lo mismo su esposa Anita Fresno.
Cuando ya la familia se había trasladado a Santiago y nuestro padre estudiaba en el Instituto Nacional, contaba otra anécdota. Un alumno, algo distraído, no estaba atendiendo las complicadas explicaciones del profesor de geometría. Como éste se percatara del hecho, de improviso se dirigió hacia él y le preguntó, “señor, dígame ¿qué es la bisectriz de un ángulo?”. El sorprendido alumno aterrizó de golpe y sólo atinó a decir, “no lo sé, señor”. Entonces el maestro le ordenó pasar adelante, ubicarse frente a la clase y le dijo, “señor, separe sus piernas”, el alumno obedeció y el profesor le explicó pausadamente, “sus piernas, señor, están formando el ángulo pedido ¿no es así?”, “si señor”, contestó él. Ahora con voz tonante, el maestro le espetó, “¡lo que le cuelga es la bisectriz!” . De seguro, el distraído no lo olvidó jamás.
Juan Armando era un joven particularmente aplicado y de muy buen rendimiento escolar, disputando siempre los primeros lugares. Lo fue en el Instituto Nacional, en donde cursó parte de sus estudios humanísticos, y luego en el Instituto Superior de Comercio de Santiago, en donde terminó sus estudios y obtuvo el título de Contador General, como su padre.
Terminados sus estudios, a los 18 años, se presentó al llamado del servicio militar, pero fue rechazado en el examen médico de admisión por no dar el peso y la talla suficiente para portar el pesado fusil Máhuser y la mochila de reglamento. Juan Armando medía 1,61 metros y pesaba 49 kilos. El porfiado aspirante insistió en ser aceptado, a lo que el médico terminó por asentir, no obstante los ruegos de nuestra abuela que había interpuesto sus influencias con el facultativo, a quién conocía.
Un año y medio era el período que duraba el servicio militar por aquel tiempo, pero fue alargado a dos años y medio para esa conscripción, debido a la inestabilidad que provocó la caída de la dictadura de Ibáñez en ese año.
Hizo su servicio militar en un regimiento de telecomunicaciones, donde se distinguió por sus habilidades y liderazgo, tal que a su licenciamiento obtuvo el grado de Teniente de Reserva. Siempre le escuchamos decir que su experiencia en el Ejército fue muy gratificante y enriquecedora para él. No cabe duda, en todo caso, que le marcó una ruta y un código moral que él acogería con fidelidad durante toda su vida. Solíamos reprocharle, a veces, que era demasiado
milico para sus cosas.
El sueño de Juan Armando era ingresar a la Escuela Militar y abrazar así la carrera de las armas. Según su formación como contador, lo más adecuado le resultaba el Servicio de Intendencia del Ejército. Sin embargo, el intento resultaría frustrado. La estatura mínima era de 1,65 metros y a él le faltaban 4 centímetros. No había excepción posible y se quedó sin ingresar a la Escuela Militar.
Entonces, se decidió por lo que sentía como su segunda vocación: la docencia. Por esos años, no existían profesores especializados en la enseñanza profesional y técnica, que agrupaba a los Institutos Comerciales, Escuelas Industriales y Escuelas Técnicas Femeninas. Para suplir esta carencia, el Ministerio de Educación creó el Instituto Pedagógico Técnico que, bajo su propia dependencia, empezó a formar profesores para algunas de las especialidades deficitarias. Juan Armando, a los 21 años y ya contador, inició sus estudios de pedagogía. Después de cuatro brillantes años, obtuvo su título de Profesor de Estado en Matemáticas y Contabilidad.
Dos décadas más tarde, se crearía la Universidad Técnica del Estado, la que incorporó al Pedagógico Técnico como su Facultad de Educación, validando como propios todos los títulos otorgados hasta entonces.
A los 24 años, Juan Armando se siente tentado otra vez por vestir uniforme. Si no podía ser gris, sería verde: ingresó a la Escuela de Carabineros para dar inicio a su formación policial. Tres años más de estudios y a régimen militar, agregando disciplinas de administración, ya que insistiría en esa área, en la que se sentía más idóneo. Como siempre, se destacó como un brillante aspirante a oficial, ocupó el rango interno de alférez y egresó con distinción y antigüedad. Así, con el grado de subteniente, inició su carrera policial en el Servicio de Administración institucional.
En los tres primeros años sirvió en unidades policiales de Santiago y Rancagua, mientras mantenía, primero una seria relación sentimental con la joven estudiante de educación física de la Universidad de Chile, Luisa Georgina Riveros Rojas, y más tarde con su vecina de enfrente, María Eliana Rojas Bobadilla, con quién se casaría pronto.
Durante su carrera policial, nuestro padre estuvo destacado en Rancagua, cuando era subteniente, y en la Dirección General de Carabineros, con grado de Teniente. En 1946 sería trasladado al Hospital de Carabineros, de reciente creación, y que le tuvo a él como uno de sus fundadores, primer Jefe de Administración, diseñador y organizador de todo el sistema de administración y contabilidad hospitalaria. Allí recibió el grado de Capitán. En 1953 fue trasladado a la Prefectura de Temuco, donde recibió su ascenso al grado de Mayor. En 1957 fue trasladado a la Zona de Carabineros de Concepción, como Mayor de Intendencia, cargo que se caracterizaba por sus gestiones de auditoria administrativa y financiera.
En 1959 solicitó su baja reglamentaria de Carabineros de Chile, por no querer aceptar una injusta calificación en lista dos, oficialmente motivada en una deuda impaga de carácter privado, pero realmente ocasionada por error de un tercero. Tal calificación significaba que se postergaba su ascenso al grado de Comandante, ascendiendo quién le seguía en el escalafón. Primó su dignidad de hombre probo y honesto por sobre su carrera policial: se retiró al cabo de 23 años de servicios con el grado de Mayor de Carabineros.
Desde entonces retomó lo que él consideró siempre como su segunda vocación: la docencia. Sin embargo, ya varios años antes venía ejerciendo parcialmente como profesor de matemáticas, tanto en la propia institución, en el Instituto Superior de Carabineros para la formación de sus jefes superiores, como en los Institutos Superiores de Comercio de Temuco y Concepción. En Marzo de 1959, nuestro padre asume ya por completo su carrera docente como profesor de matemáticas del Instituto Superior de Comercio de Concepción. En 1965 sería nombrado Director del Instituto Comercial de Talcahuano y en 1969, lo sería del Instituto Superior de Comercio de Valparaíso, hasta su jubilación en 1978.
Después de 19 años de casado, en 1960, su primer matrimonio terminó en separación, como inevitable consecuencia de numerosos desencuentros iniciados desde muy temprano.
Nueve años más tarde, el 3 de Abril de 1969, se casaría por segunda vez con la que fuera su novia de antes, doña Luisa Georgina Riveros Rojas, nacida el 13 de Julio de 1913, y estaba separada también de su primer marido. Permanecerían casados por 29 años.
Su muerte, en la ciudad de Viña del Mar, el 26 de Septiembre de 1998, se produce luego de cuatro largos y penosos meses de graves complicaciones cardiacas, renales y pulmonares, todas desatadas por una diabetes que ya se arrastraba por muchos años. Se le mantenía en la UTI del Hospital Naval conectado a un ventilador mecánico, privado de hablar, sedado y en estado ausente. Sus últimos intentos de comunicación fueron algunos papeles escritos dificultosamente y con caracteres poco legibles, en que parece decir: “Tratamiento equivocado. Todos esperan mi muerte, pero estoy vivo”. Sus restos, junto a sus padres, descansan en el mausoleo familiar del Cementerio General de Santiago.